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FONDO EDITORIAL REVISTA OIGA

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ARTOLA ARBIZA, Antonio Maria. Ezkioga. En el 80° aniversario de la Pastoral de Mons. Mateo Múgica Urrestarazu sobre Ezkioga (07/09/ 1933), Lima, Fondo Editorial Revista Oiga (978-61-2465-76-03). 2DA. EDICIÓN

miércoles, 27 de junio de 2012

Ricardo Palma y la cultura negra

Oswaldo Holguín Callo

Pontificia Universidad Católica del Perú

El ancestro

Ricardo Palma, bautizado Manuel, fue hijo de un hombre nacido en la sierra del Perú, Pedro Palma, y de una mujer costeña, Dominga Soriano. Aquél era un mestizo que se ganaba la vida como comerciante, ésta una «cuarterona» joven y agraciada venida al mundo en Cañete. La sangre negra, en proporción menor pero no insignificante, le vino de su progenitora, pues una «cuarterona», al igual que un «cuarterón», en la curiosa nomenclatura racial peruana, era un ser humano con una cuarta parte de sangre negra, bien que en la práctica esa proporción podía variar. Lo cierto es que las cuarteronas eran mujeres guapas, como el aristócrata José Antonio de Lavalle lo reconoció al considerarlas «uno de esos refinados productos de la mezcla de las razas caucasiana y etíope [...]» (Lavalle: 8). Los padres de Palma se separaron cuando éste era un niño que quizá no contaba más de diez años, quedándose al lado de su progenitor pues, al parecer, fue su madre quien dejó el hogar. ¿Cómo era Dominga? Lo poco que se puede decir de ella es que no sabía firmar y, a partir de alusiones halladas en la obra de su hijo, que, a diferencia de su marido, era severa y muy religiosa (Holguín Callo: 48).

La madre de Dominga fue Guillerma Carrillo o Santa María, imaginada por Raúl Porras Barrenechea como «la educadora criolla del tradicionista» (Porras Barrenechea 1954: 15). Doña Guillerma, en efecto, debió caracterizarse por su manifiesta cultura popular, por su visible pertenencia a los sectores más sencillos de la sociedad limeña, por su donairosa personalidad de clara ascendencia africana, bien que no debió de ser negra sino mulata. Un enemigo de Palma, Diabolaccio, quizá Luis Enrique Márquez, hermano del «bohemio» José Arnaldo, la describió en 1872 dueña de una simpática y hermosa figura, vestida con

«faldellín de lana carmelo, más alto de atrás que de adelante, su delantal de pedacitos de olanes, artísticamente cosidos unos al lado de los otros, arrebozada en su mantillón de bayeta de Castilla morada y cubierta la cabeza con el guarapón sombrero de la China; llevaba en una mano un gran báculo de caña brava, cuya empuñadura era un trapo colorado perfectamente arrollado en uno de los estremos [sic] [...]».

(cit. en Holguín Callo: 50)

Aunque su propósito satírico es evidente, el testimonio debe poseer alguna dosis de verdad.

Al quedarse al lado de su progenitor, la atemperada influencia negra que de su madre y abuela materna recibía Palma, seguramente pasó a un segundo plano. Si a ello se suma la sospecha de que Pedro Palma quiso mantenerlo alejado de ese ascendiente -por prejuicio o como reacción frente a la actitud de su ex compañera- verase sin dificultad que el contacto con lo negro en el aprendizaje infantil de Palma pudo afrontar ciertos obstáculos. Además, téngase en cuenta que, en ese tiempo, para muchas personas lo negro era sinónimo de plebe, incultura, barbarie, degradación, etc., que los Palma -padre e hijo- deseaban ascender socialmente, que en Lima era habitual escuchar por calles y plazas todo tipo de censuras en contra de lo africano, que casi siempre pertenecer a lo negro estigmatizaba a las personas y las privaba del acceso a los círculos de la cultura académica, etc. Además, y en realidad sobre todo, la verdad es que los Palma no eran negros: el padre era mestizo, y el hijo, nuestro gran escritor en ciernes, aunque con algunos glóbulos de sangre negra y señales de ello en la epidermis, otro tal, seguramente más blanco que aquél. Mal podría pensarse que sin ser negros tuvieran una conducta negra, en tiempo, como el visto, plagado de prejuicios y censuras racistas.

Los críticos de su ancestro negro y el racismo del siglo XIX

A lo largo de su existencia, pero sobre todo en la primera mitad de su vida, Palma tuvo que sufrir las censuras racistas de algunos detractores que buscaron herirlo tanto como desprestigiarlo ante la sociedad haciendo pública exhibición de su ancestro negro. Los ataques se produjeron al calor de la polémica periodística o como expresión de la venganza, reflejando siempre el mal concepto que muchos blancos tenían de lo negro, pero, a pesar de ellos, Palma no sólo no interrumpió su exitosa carrera pública sino que, al no negar tal origen, lo asumió con entereza y, andando lo años, pudo decir que en el Perú el que no tiene de inga tiene de mandinga...

Recordemos algunos de esos incidentes. Hacia 1849, los Palma habitaban en la Casa de la Pila de la calle del Arzobispo, de la cual fueron desalojados por el nuevo inquilino, José Musso, maestro de escuela italiano que deseaba establecer allí un colegio. Entre los Palma y Musso se desarrolló entonces, hasta 1855, una virulenta enemistad que dio pie a graves acusaciones e insultos vertidos en las columnas de diferentes periódicos limeños, sobre todo El Comercio (Holguín Callo: 78 y ss.). Entre los numerosos agravios que Musso dirigió al joven Palma, motivados por los no menos ofensivos de éste, estuvo el de «huayava [sic] verde liberta». A poco, de resultas del naufragio del vapor «Rímac» (1855), Palma polemizó públicamente con el médico Domingo Castañeda, y en el calor del enfrentamiento verbal se ganó los calificativos de cobarde y villano, «como que más no puede esperarse de su infame raza» (Holguín Callo: 503). Más adelante, en 1867, a raíz de las críticas que desde el periódico satírico de oposición La Campana hacía al Gobierno de Mariano Ignacio Prado, Palma tuvo que hacer frente a las urticantes pullas del también escritor y poeta Pedro Paz Soldán y Unanue, el joven y belicoso Juan de Arona. Éste, en efecto, recurrió al expediente de desprestigiar y poner en ridículo a Palma mediante una versada memorialista -«El tamalero»- escrita en el colorido aunque imperfecto lenguaje de los negros de Lima, lo que sin duda obedeció al propósito de acusar su origen:

«Campanerito de mi ánima

jacé bien en repicá,

que en eta tiera no mama

el que no sabé llorá...

Campanerito de mi ánima

tamarerito se va...

¿Puqué etá tú en campanario

no conece ya a mí ¡Gua!

So yo mulato ¡Canario!

que te arimaba detrá...

Campanerito &ª.»1

También razones políticas motivaron los fuegos que el ya referido Diabolaccio lanzó sobre Palma desde La Sabatina en los agitados tiempos de 1872, cuando ya transcurría la renovadora administración de Manuel Pardo, a quien Palma combatía. Valido del embozado seudónimo, con toda intención Diabolaccio aludió reiteradamente al color negro de la abuela materna de Palma y presentó a éste como un niño pobre cuyas travesuras la enardecían (Holguín Callo: 50 y ss.).

Manuel González Prada, declarado enemigo de Palma, hacia 1888 escribió unos versos que referían su ancestro negro con notoria malquerencia y propósito infamante, aunque al parecer no los hizo públicos (Sánchez: 113-14). Su apasionamiento alimentó semejante o peor odiosidad en el reputado escritor venezolano Rufino Blanco Fombona, quien para vengarse por ciertas críticas de Palma a su persona, estampó una andanada de agravios y una torpe calumnia nada menos que en el prólogo que escribiera para la segunda edición de las muy leídas Páginas libres de su amigo Prada. Esto ocurrió en 1915, cuando el venerable anciano estaba ya alejado de la vida pública y literaria, y sus hijos, y especialmente hijas, eran celosos guardianes de su merecida tranquilidad, de modo tal que no conoció tanta bajeza (Blanco Fombona: XXII-XXIV; y Clemente Palma: 228-29).

Lo negro en la obra de Palma

a) Las tradiciones

Lo negro está presente en la obra de Palma, en las Tradiciones peruanas sobre todo, de muy diversas formas y calidades, aunque, como es obvio, casi siempre en la figura y condición de los esclavos, lo que se explica porque las tradiciones están referidas casi todas al tiempo del Virreinato, cuando la esclavitud llegó a sus más altos niveles. En efecto, negros son algunos protagonistas de esos relatos, y su perfil de ningún modo es sólo el de sumisos seres librados a la voluntad de sus amos2. Veamos algunos ejemplos3.

En la tradición «Pancho Sales, el verdugo» (1874) (Palma 1964: 747-51), cuyo asunto ocurre en Lima a fines del siglo XVIII (1795), cinco reos esperan ser ajusticiados en la horca, cuatro por sus múltiples crímenes y el quinto, Pancho Sales, un negro esclavo, «mocetón de veinte años, zanquilargo y recio de lomos, fuerte como un roble y feo como el pecado mortal», por haber matado al abusivo y cruel mayordomo de la panadería donde sus amos lo tenían recluido en castigo. Grano de Oro, el verdugo de la Audiencia, «un negrito casi enano, regordete y patizambo, gran bebedor e insigne guitarrista», muere la víspera de la ejecución y Pancho Sales, que ha pactado con sus circunstanciales compañeros de destino no aceptar el cargo a fin de frustrar sus ejecuciones, al serle ofrecido, sin embargo, lo acepta y se salva... En 1824, al haberse abolido la horca con la Independencia, queda cesante, pero vive hasta después de 1840, siempre partidario del rey de España, aunque en sus últimos años se apodera de él el remordimiento por el perjurio cometido, y muere cristianamente.

«El Rey del Monte» (1874) (Palma 1964: 903-07) presenta el colorido cuadro de las cofradías de negros formadas en Lima en el siglo XVIII (angolas, caravelís, mozambiques, congos, chalas y terranovas), sus bulliciosas fiestas, la cincuentona reina de los terranovas en 1799, mama Salomé, quien, al comprar su libertad y poner una mazamorrería, se ha hecho rica, pero, calumniada, cae en manos de la Inquisición por bruja, es penitenciada -«Y diz que lo que es frío o calor bien pudo tener; pero lo que es vergüenza, ni el canto de una uña, pues en la piel no le notó la menor señal de sonrojo»-, y muere de melancolía. Pasa el tiempo y su hijo, hombre libre, se convierte en el Rey del Monte, jefe de una cuadrilla de bandoleros que comete muchos asaltos dentro y fuera de Lima,

«Contribuían a dar cierta popularidad al Rey del Monte las mentiras y verdades que sobre él se contaban. Sólo los ricos eran víctimas de sus robos, y su parte del botín la repartía entre los pobres; no tenía jinete que lo superase, y en cuanto a su valor y hazañas, referíanse de él tantas historias que a la postre el pueblo empezó a mirarle como a personaje de leyenda»4.

Capturado, se le ajusticia frente al Callejón de Petateros (Pasaje Olaya) en 1815, vendiéndose un romance chabacano con el relato exagerado de sus proezas:

«Más que Rey, Cid de los montes

fue por su arrojo tremendo,

por fortunado en la lidia,

por generoso y mañero;

Roldán de tez africana,

desafiador de mil riesgos,

no le rindieron bravuras,

sino ardides le rindieron».

«La emplazada» (1874) (Palma 1964: 470-74) tiene en cambio toda la tensión dramática del romanticismo. El esclavo Pantaleón, «robusto y agraciado mulato de veinticuatro años», ejerce de médico en la hacienda de sus amos y despierta el interés de Verónica, condesa viuda de Puntos Suspensivos, quien lo hace su amante; Gertrudis, una esclavita de quince a dieciséis abriles, llega a la hacienda y al conocer a Pantaleón pasa lo que tenía que pasar... La condesa, noticiada por un émulo de lo que ocurre, hace azotar al esclavo y, como no logra que confiese, ordena echarlo en una paila de miel hirviente; pero antes de morir, Pantaleón la cita dentro de un año ante el tribunal de Dios, lo que se cumple exactamente previa locura de la criminal emplazada.

«Un negro en el sillón presidencial» (1908?) (Palma 1964: 1075-76) es otro de los relatos palminos que dan cuenta del protagonismo negro en nuestra historia. Es 1835 y se sufren los efectos del anárquico caudillismo militar, cuando entra en la para el caso desguarnecida capital peruana «el famoso negro León Escobar, capitán de una cuadrilla de treinta bandidos», y se posesiona del Palacio de Gobierno, donde se arrellena en el sillón presidencial, retirándose sólo cuando recibe una importante suma de dinero. Pasan los años y uno de los ediles que negoció con el bandolero le asegura a Palma «que el retinto negro, en sillón presidencial, se había comportado con igual o mayor cultura que los presidentes de piel blanca». En honor a la verdad histórica, precisada por Alberto Tauro, debo decir que los hechos fueron otros: León Escobar no tomó Palacio ni se sentó en el sillón del Presidente de la República, y más bien fue fusilado por orden de un jefe militar en castigo de sus fechorías (Tauro 1987, II: 768). Sin embargo, al parecer con intención aleccionadora -que un negro al margen de la ley es capaz de comportarse con toda civilidad llegado el caso de hacerlo- Palma se vale del suceso de su entrada en Lima para relevar lo civilizado de su conducta.

En la conocida «La Conga» (1896?) (Palma 1964: 1144-47) no es un negro o negra el protagonista o héroe, sino una popular canción de notoria prosapia negra que Palma rememora surgida al calor de la revolución de Balta contra Prado (1867-1868), en la que participó como secretario del caudillo rebelde. El pueblo de Chiclayo, como el de Chepén y Guadalupe, apoya a Balta y expresa sus afectos cantando y bailando zamacuecas, «en todas las casas había jolgorio y se bailaba y cantaba. Poco de piano y mucho de guitarra; nada de vals, polcas, dancitas ni cuadrillas; baile de la tierra, baile criollo, nacional purito»; en ese ambiente nace la Conga, canción que fue «el último chisporroteo del criollismo», cuya letra decía:

«De los coroneles

¿cuál es el mejor?

El coronel Balta

se lleva la flor.

Y luego venía la fuga, que era una delicia del sexto cielo de Mahoma por la gracia y soltura de las parejas; y en coro acompañado de palmadas teníamos lo de

Ahora sí la Conga,

(¡ahora!)

señora Manonga.

(¡ahora!)

y no se componga

(¡ahora!)

que se desmondonga,

(¡ahora!).

¡Vamos! Quien no vio bailar la Conga no ha visto cosa buena y sabrosa. Aquello era la resurrección de la carne, como dijo un arzobispo5».

Y cantando la Conga, que para el caso fue una especie de Marsellesa o canto de victoria, el pueblo revolucionario de Chiclayo venció a las fuerzas del Gobierno, dirá Palma. Esta tradición advierte no sólo el clima criollísimo que por ese tiempo se vivía en la costa norte, sino la popularidad de una canción alegre de aire africano que se bailaba a manera de zamacueca: la Conga, que desde el nombre revela su estirpe. Por lo demás, en ella Palma se muestra criollo fervoroso y lamenta que «la chispa criolla ha ido al osario, y nos hemos zarzuelizado».

Más que tradición, «Los aguadores de Lima. (Apuntamientos)» (1908?) (Palma 1964: 391-93) son notas sobre el gremio de negros que se ganaban la vida llevando agua de la pila de la Plaza Mayor a las casas particulares. Cuando Palma las escribió, el gremio ya no existía, lo que aplaudió pues esos hombres eran borrachos y pendencieros, obedecían ciegamente a su alcalde y

«Desde sus primeros tiempos se singularizaron los aguadores por la desvergüenza de su vocabulario, tanto que era como refrán para las buenas madres limeñas el reprender a sus hijos diciendo: Callen, niños, que por las "lisuras" que dicen me parecen aguadores».

Los aguadores estaban obligados a matar perros vagos a garrotazos, y después con el bocadillo de carne envenenada, una tarde en cada quincena, y regar cinco plazas y plazuelas semanalmente, mas era su participación en las elecciones justo motivo de preocupación ciudadana por la violencia que entrañaba. En efecto, por los años de 1850 un astuto vecino los protegió interesadamente para obtener su apoyo en los tumultos electorales, llevándolos al lugar de votación, una plazuela equis, para dominar a los contrarios,

«Y garrote en mano, daga o puñal al cinto, en medio de espantosa gritería y a carrera abierta, se lanzaban los doscientos negros aguadores sobre los ocupantes de la plazuela, que tras ligerísima resistencia y un par de cabezas rotas, ponían pies en polvorosa [...]».

El relato hace ver en qué concepto tenía un hombre de la élite intelectual (Palma) a los negros de la plebe limeña, que en el caso particular de los aguadores eran justamente temidos.

b) El léxico

Los vocablos peruanos de origen africano que emplea Palma son numerosos, pero no voy a detenerme en ellos porque su valoración y estudio es más un asunto lingüístico que histórico6. Sólo diré que unas veces los emplea del todo incorporados al discurso y otras, a manera de etnógrafo o folklorista, para señalar su individualidad y valor semántico. En este caso, Palma advierte el origen africano de los vocablos, pues, dado su carácter extraño y no castizo, no podía permitirse usarlos como si fueran parte de su propio caudal léxico (recúerdese que Palma fue un escritor culto y como tal debió respetar las normas gramaticales). Por lo demás, sabido es que en sus últimos años tuvo una decidida preocupación lexicográfica, librando ardua batalla para que el Diccionario de la Academia Española recogiera las voces americanas, incluidas las de origen negro7.

c) Las comidas

La obra de Palma no sólo advera el componente negro en la Historia del Perú con personas y voces sino también con otros signos culturales. Tal el caso de las comidas limeñas, como las citadas con deleite en la conocida tradición «Con días y ollas venceremos». En efecto, en su multicolor y etnográfico desfile de vendedores ambulantes de distintos alimentos dulces y salados, puede hallarse ascendencia o sabor negro, parcial o totalmente, en la chichera de Terranova, la vendedora de zanguito de ñajú y choncholíes, la mulata de convento que, entre otros dulces, ofrecía ranfañote y frejoles colados, la picaronera, la anticuchera, el humitero, el vendedor de la piñita de nuez y el de caramanducas, la mazamorrera, la champucera, etc. (Palma 1964: 960; Busto Duthurburu: 22-25; Cuche: 179; Espinoza Soriano: 266; y Romero 1988: 68-69, 100-01, 145-46, 229, 239 y 258). Y si no todas esas viandas debían su existencia a la influencia africana, ¿cómo no tener en cuenta que muchas veces eran negros quienes las preparaban para después venderlas por las calles y plazas limeñas?

d) La fiesta criolla y el espíritu negro

Raúl Porras Barrenechea subrayó el criollismo de Palma8 y señaló, con su talento y lucidez reconocidos, algunas de sus muestras presentes en su obra -en las tradiciones hallamos «en el lenguaje y en el ambiente, la sensación del más auténtico criollismo peruano»; así, advirtió cómo Palma se ocupó de «la zambra morena de las jaranas», con el desenfreno de los bailes «bate que bate, el don Mateo o la remensura, prohibidos por edictos parroquiales [...], la zamacueca, el se vende, que hacía "escobillar" de entusiasmo hasta a los curas en la iglesia, y la sanguariana [sic] o cueca de las jaranas de cascabel gordo. Y en los días republicanos el londú, la cachucha y el umbé», de las cofradías de negros con sus desfiles coreográficos y reinas de azabache, etc. (Porras Barrenechea 1958: 10-11). Tan claras manifestaciones de la cultura de base tuvieron como cuna y escenario el medio costeño en el que Palma se crió, popular, religioso y desinhibido, al cual concurrían no pocos elementos indios, mestizos y negros (Radiguet: 68 y ss.). Tal el caso de las sabrosas alusiones a la fiesta criolla, como en la referida «La Conga», en cuya sustancia y desarrollo había muchos elementos de origen africano9; en la niñez y juventud tal contacto fue frecuente y fecundo, pero más tarde la sosegada vida matrimonial lo alejó de las ocasiones de jarana popular, donde lo negro, en sus expresiones más originales como amestizadas, no podía dejar de estar presente en un medio multiétnico como el de Lima10. Así, es seguramente en los bailes descritos en las tradiciones donde puede hallarse la más clara huella de lo negro en las costumbres de Lima, del pueblo e incluso de la élite; sin embargo, Palma no bailaba, según propia confesión (Palma 1964: 1127)11. En efecto, ese temprano contacto con la variopinta sociedad de la que formaba parte, fruto de un trisecular mestizaje hispano-andino-africano, le permitió el sutil conocimiento de costumbres, estilos y modos de vida, pues frecuentó, niño y sobre todo muchacho y adulto joven, los espacios donde se daban cita gentes de diversa y hasta oscura condición, familiarizándose con el lenguaje que solía usarse en ellos y, ciertamente, con sus expresiones vulgares. Y muchas veces asistió a alegres manifestaciones de celebración vecinal, como esas reuniones de «gente de chispa, arranque y traquido» con motivo del bautizo de un «mozo de tumbo y trueno», el cual

«se hacía delante de una botija de aguardiente, cubierta de cintas y flores. El aspirante la rompía de una pedrada, que lanzaba a tres varas de distancia, y el mérito estribaba en que no excediese de un litro la cantidad de licor que caía al suelo; en seguida, el padrino servía a todos los asistentes, mancebos y damiselas; y antes de apurar la primera copa, pronunciaba un speach, aplicando al candidato el apodo con que desde ese instante, quedaba inscrito en la cofradía de legítimos chuchumecos. Concluida esta ceremonia, empezaba una crápula de ésas de hacer temblar el mundo y sus alrededores.

Entre esos bohemios del vicio era mucha honra poder decir: -Yo soy chuchumeco legítimo y recibido, no como quiera, sino por el mismo Pablo Tello en persona, con botija abierta, arpa, guitarra y cajón».

(«¡A nadar, peces!», en Palma 1964: 843)

Debo recordar que chuchumeco significaba zandunguero o currutaco (Arona: 173).

Rasgos de carácter

Se trata de identificar los rasgos de la personalidad de Palma que responden al espíritu e idiosincrasia negra, habida cuenta de que la convivencia humana hace que elementos propios de una raza o cultura pasen a ser parte de otra, en este caso que rasgos de carácter negros se incorporen a la psicología de quienes no lo son; en verdad, se trata de un comercio secreto y misterioso que determinó que lo negro pasara a lo no negro, a lo blanco, a lo indio, a lo mestizo, y viceversa, en el plano del carácter, de la conducta individual y colectiva, de lo emocional y sensitivo, en la formación de nuestra sociedad y personalidad criollas. Aunque distinguir lo negro en la psicología y mentalidad de Palma es tarea complicada, cabe seguir algunos derroteros a partir de la atenta lectura de las tradiciones, las cuales remiten sin duda a ciertos aspectos del carácter de su autor.

Ante todo, Palma debe ser visto como lo que fue, un peruano cabal, no sólo de nacimiento sino de cultura y pensamiento. Ello significa que tanto en su obra como en sus ideas y carácter se pueden descubrir los elementos constitutivos de la peruanidad, ergo los ancestros blancos, indios, negros y mestizos de todo color, y de ningún modo sólo éstos o aquéllos. Sin embargo, si se trata de distinguir ciertos elementos, en este caso los de origen africano y negro, debe advertirse que ello sólo cabe a título de ensayo o de hipótesis, pues no es infrecuente sufrir el engañoso efecto de las apariencias ni la deformación impuesta por el tiempo transcurrido. Así, asegurar que en el carácter y la personalidad de Palma tal o cual rasgo es negro, blanco, indio o mestizo, entraña no poca dosis de riesgo y aventura, sin olvidar la carga de arquetipos, ideas descaminadas y prejuicios que pueden conducir este examen a un fallo sesgado y tendencioso. Por lo mismo, se impone proceder con extremo cuidado y respeto a la memoria de nuestro ilustre escritor.

El siglo XIX contempla el desarrollo vitalísimo de una literatura criolla que se expresa con audacia, lisura, informalidad, que afirma rasgos de una identidad social irreverente, igualitaria, inconformista. Lo negro, en mayor o menor medida, está en la psicología que sustenta sus expresiones, apegos, intereses y objetivos. No digo que sólo lo negro explique tal literatura, pero es indudable que constituye uno de sus elementos. Lo negro en el carácter y personalidad de Palma debe de encontrarse en aspectos de la comunicación -locuacidad, gracejo, etc.- bien que sin cerrar la puerta a otra parentela. En realidad, aunque es un asunto cuya última palabra quizá no se pueda decir, debo recordar cómo en más de un escrito Palma emplea altas dosis de facundia, lisura y audacia propias de un espíritu retozón e iconoclasta, tanto como de zumba, burla y sátira naturales en el que ve la vida en forma ligera y sin complicaciones, todo ello sin desmedro del empleo de diálogos que transparentan un lenguaje popular presto a la defensa y al ataque, a manera de lides verbales sostenidas por personajes de notoria enjundia popular (vendedores ambulantes, alguaciles, mozos de cordel, gente de jarana, etc.). Que todo ello sólo sea producto de la influencia negra en la sociedad criolla, sin duda es discutible, no lo es en cambio que remita, entre otros abrevaderos, a la fuente africana.

Como es sabido, se ha hablado y habla reiteradamente de la sensualidad negra, lo que también se ha dicho que envuelve uno de tantos prejuicios o mitos occidentales (Cuche: 119 y ss.). Sin embargo, se ha de conceder que, ante el resto de la sociedad, el baile desinhibido de los negros siempre ha importado una señal de claro mensaje sensual y erótico. Palma, testigo animoso de la ejecución de danzas populares, que llamó borrascosas, se revela además, en no pocos relatos, apasionado de la belleza femenina, rendido admirador de los encantos de la mujer, en especial de las jóvenes, sin importarle prácticamente raza ni condición social (Bazán: 13 y ss.), lo que guarda correspondencia con su vida privada -fue un soltero donjuanesco- y el carácter retozón y enamoradizo que lo caracterizó. Así, en la descripción física de algunos personajes femeninos se trasunta, qué duda cabe, una sensualidad manifiesta, como en ninguna otra producción literaria peruana del siglo XIX; tales los deleitosos retratos de dos jóvenes mulatas, Veremunda, la más guapa de Lima,

«mozuela de veinte años bien llevados, color de sal y pimienta, que no siempre han de ser de azúcar y canela; ojos negros como el abismo y grandes como desventura de poeta romántico...; boca entre turrón almendrado y confitado de cerezas; hoyito en la barba tan mono, que si fuera pilita, más de cuatro tomaran agua bendita; tabla de pecho toda esperanza, como en vísperas de boda; pie de relicario y pantorrillas de catedral [...]».

(«La victoria de las camaroneras», en Palma 1964: 530)

o la ya citada Gertrudis, esclava quinceañera

«fresca como un sorbete, traviesa como un duende, alegre como una misa de aguinaldo y con un par de ojos negros, tan negros, que parecían hechos de tinieblas..., no había en Lima más diestra tañedora de arpa, ni timbre de voz más puro y flexible para cantar la bella Aminta y el pastor feliz, ni pies más ágiles para trenzar una sajuriana, ni cintura más cenceña y revolucionaria para bailar un bailecito de la tierra.

Describir la belleza de Gertrudis sería para mí obra de romanos. Pálido sería el retrato que emprendiera yo hacer de la mulata, y basta que el lector se imagine uno de esos tipos de azúcar refinada y canela de Ceylán [...]»12.

(«La emplazada», en Palma 1964: 473)

Fernando Romero refiere dos vínculos de la narrativa africana con las tradiciones de Palma: la afición o vocación de cuentista y el criollismo astuto y hasta inescrupuloso. En relación a lo primero, recuerda que en América hubo decidores negros de historias y cuentos, «que hora tras hora retienen la atención de sus oyentes mediante el embrujo de su palabra, en Nueva Orleans, las Antillas y Surinam», Cuba, el Brasil, Haití, Jamaica y las islas Gullas; así, Palma también cuenta y usa proverbios, estribillos, frases y palabras populares, «con habla de mulata de convento o de mulato pinganilla; con cancioncillas, chispa costeña, espontánea gracia de limeño, voluptuosidad picaresca de criolla», folclor que refiere con estilo alquitarado del mejor idioma castellano. Y, en cuanto a lo segundo, así como para el africano el engaño no es inmoral si triunfa de la fuerza bruta, también «en la narración burlona de Palma, la ley, el funcionario, las costumbres austeras y las exigencias del marido y del severo padre de familia españoles, por lo común resultan engañados por el criollo poco escrupuloso, con complacencia socarrona del tradicionista y con gran satisfacción del lector [...]» (Romero 1980: 90)13. Sin desconocer el mérito de esta sutil lectura de las tradiciones, cabe recordar que cuentistas los ha habido no sólo negros sino blancos e indios, y en todas las culturas, lo que no significa desconocer que en la vieja tradición narradora que llegó a Palma el papel de los cuentistas negros pudo ser importante y sumarse a otros legados. Y en lo que toca al triunfo del criollo que recurre a la astucia o al ardid para burlar la ley, la autoridad, etc., también podría recordarse que en muchas fábulas de la literatura occidental se dan casos en los que el poder del más fuerte queda sometido por la habilidad del más débil; sin embargo, ello no impide admitir la posibilidad de ese trasfondo en la obra de Palma.

Actitud de Palma ante lo negro

Palma no negó su ancestro negro, pero, como muchos peruanos, tampoco lo hizo público, pues reconocer una ascendencia tan poco valorada en su época no sólo podía ser visto con escándalo sino interpretarse como señal de desafío a la sociedad. Sin embargo, desde muy joven se identificó con la penosa suerte de los esclavos (Holguín Callo: 557)14, y le produjo tremendo rechazo el desprecio que su caudillo Vivanco mostró ante los restos de uno de sus seguidores -un capitán mulato muerto en su servicio (Angélica Palma 1933: 31).

Palma abrazó desde muy joven las doctrinas democráticas de la República, y fiel a ellas expresó reiteradamente sus condenas a la esclavitud, v. gr.:

«Con el cristianismo, que es fraternidad, nos vino desde la civilizada Europa, y como una negación de la doctrina religiosa, la trata de esclavos. Los crueles expedientes de que se valían los traficantes en carne humana para completar en las costas de África el cargamento de sus buques, y la manera bárbara como después eran tratados los infelices negros no son asuntos para artículos del carácter ligero de mis tradiciones».

(«El Rey del Monte», en Palma 1964: 903)

tanto como su fervorosa adhesión al igualitarismo social, lo que es decir respeto de la condición humana sin diferencias de raza o nacimiento (Holguín Callo: 243, 308-09 y 577; y Porras Barrenechea 1954: 14). Así, lo negro le motivó la consideración que sus principios le imponían, y sus vitales expresiones culturales, mezcladas y confundidas con las otras que conformaban la identidad del multiétnico pueblo peruano, y en especial limeño, atrajeron su interés y simpatía, como lo hemos visto. Pero no sólo se dejó cautivar por el folclor colectivo, sino también por el pictórico de Pancho Fierro, artista limeño de estirpe mulata, cuyas coloridas acuarelas costumbristas, que coleccionó con sumo placer, le dieron título para llamarlo «el Goya peruano» (Angélica Palma 1958: 88 y 92). Fruto maduro del trisecular mestizaje hispano-andino-negro, Palma fue un peruano consciente de la riqueza cultural de su país, especialmente de su vertiente criolla, en cuya sustancia vio las señales elocuentes de la profunda huella del negro africano incorporado a la peruanidad.

Bibliografía

Arona, Juan de (seud. de Pedro Paz Soldán y Unanue): Diccionario de peruanismos. Lima: Ediciones PEISA, 1974 (i. e. 1975). 2 vols.

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